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La información nunca está protegida

Un Monstruo llamado Gilberto

En memoria de los colegas periodistas Carlos Torres González y Leonardo “El Pájaro”  Zavala quienes murieron arrastrados por las aguas embravecidas del Huracán Gilberto cuando se dirigían en autobús a la ciudad de Torreón, Coahuila a presenciar la alternativa del torero Aurelio Mora “El Yeyo” y a 25 años de la tragedia su ausencia aun cala hondo en el gremio periodístico.

La detonación de juegos pirotécnicos iluminó con sus luces multicolores la bóveda celeste, mientras tanto, una llovizna pertinaz, apenas perceptible se dejaba sentir en el ambiente  animado de fiesta y algarabía.

Minutos antes, Jorge Treviño Martínez tañía  con  mano firme la campana de Palacio de Gobierno y ondeaba frenético la bandera nacional, al tiempo que coreaba los nombres de los héroes que nos dieron patria y libertad:

“¡ Mexicanos viva  Hidalgo, viva Morelos, viva Josefa Ortiz de Domínguez, viva Allende, viva la independencia nacional, viva México, viva México, viva México!”

En la plancha de la Macroplaza una multitud entusiasta ataviada con enormes sombreros, cornetones y trajes típicos replicaba la arenga del gobernador:

“¡Viva México, viva México, viva México…!”, gritaban hombres, mujeres y niños emocionados, la lluvia  mojaba sus cuerpos mas no su espíritu patrio.

Todo era alegría aquella noche del Grito de Independencia del 15 de septiembre de 1988 en Nuevo León.

Nadie imaginaba que la tragedia estaba a punto de impactar al estado.

Un monstruo de viento y lluvia llamado “Gilberto”, que nació como tormenta tropical en el Atlántico, se abalanzaba hacia la entidad con una furia desbastadora.

Después de fortalecerse en las cálidas aguas del Mar Caribe, el meteoro golpeó Haití, Jamaica e Islas Caimán.

Con vientos de 270 kilómetros por hora el huracán enfocó su trayectoria hacia la península de Yucatán. Cancún era el punto de colisión.

Sin embargo, la tormenta se alimentó en el Golfo de México y se enfiló, antes de sacudir Campeche, hacia el estado de Tamaulipas.

El 17 de septiembre “Gilberto” culminó su fatal recorrido en el Cerro de la Silla, justo sobre la zona metropolitana de Monterrey, dejando a su paso muerte y destrucción.

En aquel tiempo me desempeñaba como reportero de televisión para el Canal 28 y Radio Nuevo León, la tragedia me tomo por sorpresa y en mi día de descanso.

Recuerdo que desayunaba en un fonda cercana a la Explanada de los Héroes acompañado de mi hijo Judás (+) y Roció su madre, cuando recibí una alerta en mi radio beep, era  Carlos Ramírez coordinador de información de la televisora pidiendo me reportara con urgencia a la oficina.

Salí de inmediato a hablar de un teléfono público, el día estaba soleado  y tranquilo, no obstante los noticieros de radio y televisión reseñaban ya la magnitud de la catástrofe.

__. “¡Donde chingados andas Paco!”, me preguntó del otro lado de la línea un Carlos Ramírez con voz angustiada.

__. “Estoy desayunando, es mi día de descanso”, le respondí intrigado.

__. “¡Que descanso ni que la chingada!, vete a Palacio de Gobierno, el gobernador va a hacer un recorrido por la zona del desastre”, me indicó, se escuchaba muy desesperado.

Vestido de pantalón de mezclilla, tenis y camiseta me trasladé al recinto, estaba a oscuras, el huracán había dañado el sistema eléctrico del edificio.

En las escalinatas del palacio me encontré a José Luis Carrillo del periódico El Norte, él también había interrumpido su asueto.

En menos de media hora estábamos en un área aledaña al canal del Obispo en San Pedro Garza García donde el mandatario escoltado por una nutrida comitiva iniciaría la inspección, el recuento de los daños todavía era incierto.

Al arribar al lugar nos enfrentamos a un panorama  desolador, sobre los escombros observe deambular como zombies a los sobrevivientes de lo que se suponía se trataba de un complejo de asentamientos irregulares y que habían sido sepultados por un alud de  lodo y piedras.

Se percibía la muerte y se palpaba la desgracia. La escena era Dantesca y erizaba la piel, el llanto de las mujeres  punzaba los oídos. El corazón daba vuelcos.

En entrevistas que hice para la televisión los testimonios eran desgarradores, se hablaba de familias enteras bajo las ruinas, de niños y ancianos arrastrados por la creciente del Rio Santa Catarina. De una colonia completa desaparecida de la faz de la tierra.

De pronto la agenda oficial  sufrió un cambio imprevisto, vencido por la conmoción  del momento Jorge Treviño pidió detener el convoy y se introdujo arrastrando lentamente  sus pasos a una pequeña capilla de un seminario cercano. El gobernador se quebró.

Ahí, ante un altar de un Cristo crucificado se hincó, unió sus manos y elevó una plegaria en memoria de las víctimas de aquel desastre que dejó más de 20 mil damnificados, viviendas destruidas, municipios incomunicados y serios trastornos en las vialidadades, pero lo más grave, pérdidas irreparables de vidas humanas.

Desgraciadamente entre los muertos se contó a dos entrañables amigos, los periodistas Carlos Torres González y Leonardo “El Pájaro” Zavala, el infortunio los sorprendió cuando el autobús en el que viajaban a Torreón Coahuila a la alternativa del torero Aurelio “El Yeyo” Mora fue devorado por la corriente del Santa Catarina.

El cuerpo de Carlos, ex reportero de Tribuna de Monterrey, supuestamente fue rescatado semanas después de la contingencia a varios kilómetros donde sucedieron los hechos, los restos de “El Pajarito” no corrieron la misma suerte y aun se cuenta en la lista de desaparecidos.

Después del azote de “Gilberto” la pesadilla para mi continuó al ser comisionado a dar seguimiento de la catástrofe y en la búsqueda, junto a los cuerpos de auxilio, de más cadáveres.

Consigné para la prensa que el anfiteatro del Hospital Universitario  fue insuficiente para albergar  a los muertos que día a día eran rescatados por docenas.

Entonces tuvo que rentarse el servicio de tráilers con frigoríficos y acondicionar la Funeraria del Pueblo en ciudad Guadalupe para realizar autopsias improvisadas y a la carrera.

Un  día, luego de una agotadora jornada de trabajo me dirigía con mi camarógrafo Jesús Cárdenas a las instalaciones del Canal 28 cuando observamos en el lecho del Río Santa Catarina varias camionetas del servicio médico forense.

Por instinto periodístico nos trasladamos al lugar donde, al ras del suelo, un hombrecillo se arrastraba husmeando como  sabueso, a la vez que  desenterraba pedazos de ropa y toda clase de utensilios.

Era Marcos Efrén Zariñana “La Pulga”  el célebre rescatista del terremoto de la ciudad de México de 1985 y quien en entrevista me confesó una declaración lapidaria:

__. “En este momento declaro al Rio Santa Catarina el cementerio más grande de América Latina”, después simplemente empezó a rezar. Nunca olvidare sus palabras ni su rostro de impotencia.

Según las autoridades, las cifras oficiales de muertos que dejó el “Gilbertazo” oscilan los 260, sin embargo una fuente militar me reveló meses después de la tragedia que superaban los cuatro mil.

La verdad nunca se sabrá, lo cierto es que la herida que hace 25 años cambió el rostro de Nuevo León aun no cicatriza.

tintaenlasangre@gmail.com

 

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