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La información nunca está protegida

Tamaulipas: zona de guerra

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Por Miguel Treviño Rábago:

DECIDÍ VIAJAR para recibir el año nuevo en mi ciudad natal, Nuevo Laredo, Tamaulipas. Y aunque llevo viviendo 43 años en Reynosa, nunca he perdido contacto con toda mi familia materna que vive repartida en los dos Laredos. A bordo de uno de los viejos y sucios autobuses del «Noreste» – que son los únicos que prestan ese servicio – voy observando por la ventanilla los pueblos de la región conocida como «La Ribereña». El autobús, va atestado, violando las normas de la Secretaría de Transportes, lleva decenas de hombres, mujeres y niños parados en el pasillo central que se agarran de donde pueden en cada sacudida que se da el camión.

LO ÚNICO que puedo constatar es que la carretera está destruida en varios tramos y que la desolación y el abandono es total en la ciudades «ribereñas». Aquellos que fueron pueblos con mucha historia, hoy lucen fantasmales. Éstas pequeñas ciudades han sufrido desde el 2006 en que a Felipe Calderón se le ocurrió desatar una «guerra» que ha dejado en cifras extraoficiales, 100 mil muertos en México. Para los que no conocen Tamaulipas, les diremos que todas éstas poblaciones fronterizas están ubicadas junto al Río Bravo del lado mexicano. Y a través de éste río, que cruza toda ésta región, las bandas de la delincuencia trafican con hombres, mujeres, niños, extranjeros, drogas, armas, dinero, etc; etc. De allí proviene la feroz disputa por controlar «el paso» o el tránsito entre México y Estados Unidos a través del río. Obviamente por los Puentes Internacionales, también se trafica con todo, pero es más riesgoso o costoso.

HACE MUCHOS años, solía yo recorrer en mi auto con mi familia toda la carretera ribereña de Reynosa hasta Nuevo Laredo. Lo mismo hacían miles de personas sin la menor preocupación. Eran tiempos de paz y confianza. Cualquier mes o temporada del año era buena para viajar. Y lo mismo daba que fuera de día, tarde o noche. Hoy eso ya se terminó. La famosa «guerra» de Calderón fue como darle un manotazo al panal y echarse a correr. Los pueblos ribereños lucen desolados, abandonados, apenas si se nota el movimiento de los pocos que se quedaron a vivir y todo lo hacen con la luz del día. Por las noches la famosa ribereña es «tierra de nadie». Allí se han registrado cientos de muertos, desaparecidos, balaceras, secuestros, despojo de viviendas y ranchos y toda clase de delitos que usted imagine.

APENAS PUEDO creer cómo nos cambió la vida la famosa «guerra». Los autobuses «Noreste» tienen pocas salidas, todas de día, por eso amontonan a la gente como sardinas. Los retenes militares están instalados a lo largo de la carretera. Pero ahora están por la temporada navideña y de año nuevo. Es un «operativo» momentáneo que da cierta seguridad a los viajeros. A los autobuses suben soldados con lentes obscuros observando cada pasajero, como buscando con rayos X a los que pudieran considerar delincuentes. Todos los hombres jóvenes y las abuelitas son bajados, esculcados, interrogados, intimidados. Les preguntan a dónde van, a que se dedican, cómo se llaman, dónde viven, por qué motivo andan viajando, les piden credenciales de elector u otras identificaciones, etc. Y es que según dicen, entre los hombres jóvenes buscan a posibles «sicarios» y las abuelitas son «usadas» para transportar droga entre sus pertenencias. El autobús permanece detenido. La escena me recuerda las películas de los nazis gritando y exigiendo documentos en los puestos de control.

LA CONSTITUCIÓN establece el libre tránsito de los mexicanos por todo el territorio nacional, pero eso es letra muerta desde el 2006 que se inició «la guerra». En todas las carreteras de México hay retenes de policías y soldados que revisan equipajes y documentos. La «Ribereña» no es la excepción. Menos aún cuando corre a un lado del Río Bravo límite natural con los Estados Unidos. Y así entre revisiones y retenes atestados de soldados armados, muchos de los cuales están atrincherados atrás de pilas de costales llenos de arena, niños llorando, malos olores, empujones, sacudidas violentas del autobús que más parece que transporta ganado, por fin llegamos a la que fuera la ciudad más progresista de Tamaulipas: Nuevo Laredo y llamada alguna vez «Puerta de entrada a toda América Latina».

UNA VEZ instalado en un modesto y céntrico hotel – no me gusta llegar a casas de parientes – me salgo a recorrer la calle principal de Nuevo Laredo: la Guerrero como todo mundo la llama. Y con tristeza constato que el Nuevo Laredo de mi niñez y juventud ya no existe. Observo el abandono, la basura, cientos de ambulantes apoderados de las banquetas, hombres, mujeres y niños vendedores de todo en las plazas, negocios que ya no existen y que eran iconos de esa ciudad, mercados cerrados, y cientos de locales que lucen los ya clásicos rótulos de «se vende», «se alquila», «se renta», «se traspasa» o simplemente un número de teléfono celular por si alguien quiere alguna información. Por la Guerrero veo circular camionetas del Ejército y de las todas las policías que han bautizado con diferentes nombres. Todos encapuchados como el «comandante» Marcos y armados hasta los dientes. Observan a la gente, voltean para todos lados, se quedan estacionados a media calla interrumpiendo la circulación, portando entre orgullosos y nerviosos sus poderosos rifles. Dan miedo. La raza diría se creen «los muy sácale punta».

LAS HISTORIAS de terror circulan por toda la frontera Tamaulipeca que se inicia en Nuevo Laredo, pasa por toda la región «ribereña», llega a Reynosa, pasa por Río Bravo y Valle Hermoso y termina en Matamoros, junto al Golfo de México. Con la «guerra» desatada por Calderón, los norteños hemos visto lo que nunca imaginamos: hombres y mujeres en su mayoría jóvenes, descuartizados, asesinados, colgados y ejecutados. Familias y comerciantes prominentes han sido víctimas de secuestros, «levantones», extorsiones y muchos han desaparecido, han sido agredidos, amenazados de muerte junto con sus familias. Todo mundo sabe una historia de horror. Hasta el que fuera candidato del PRI a la Gubernatura, el Dr. Rodolfo Torre Cantú, a unos días de las elecciones fue ejecutado a balazos por un comando armado que lo interceptó en una solitaria carretera en las orillas de Cd. Victoria, la capital del Estado. Es fecha que nada se sabe de sus verdugos.

MILES DE HABITANTES de Nuevo Laredo hasta Matamoros, abandonaron las ciudades fronterizas tamaulipecas y se fueron a vivir y refugiar al Estado de Texas «del lado americano» como se dice por acá. Pero se fueron los que tenían los medios económicos para «vivir en dólares». Pero la inmensa mayoría nos quedamos del lado mexicano ahora sí que a «torear» literalmente las balaceras, los enfrentamientos, los granadazos, las persecuciones, los tiroteos a plena luz del día entre bandas rivales y las acciones del Ejército y la Marina. A veces he despertado alterado con el ruidazo que hacen los helicópteros al volar tan bajo en busca de los «malos» de ésta pesadilla que reproduce escenas como si estuviéramos en la guerras de Irak, Afganistán, Siria, Palestina e Israel. Los estallidos ya nos tienen a todos hartos de tanta inseguridad y violencia.

NUEVO LAREDO es una réplica de Reynosa y Matamoros por nombrar a los municipios con más población en la frontera. Mi intención era respirar de nueva cuenta el aire de la ciudad donde cursé mi primaria, secundaria y la Normal «Cuauhtémoc» donde me formaron como profesor de educación primaria. Pero esa ciudad ya no es la misma. Ese aire está enrarecido. La gente es distinta y al caminar por sus calles hay una sensación de tristeza, miedo, coraje por todo lo que han provocado los gobernantes nacionales, estatales y municipales. Caminas vigilando que nadie te siga, Preocupado porque no te asalten. Viajas con miedo, atento a cualquier frenón o maniobra brusca del destartalado autobús. A mí francamente se me encogió el alma de constatar que la frontera tamaulipeca de Nuevo Laredo a Matamoros, es prácticamente una «zona de guerra». Y lo peor, no vemos señales que indiquen que las cosas van a mejorar. Lástima por Tamaulipas y todos sus habitantes.

GRACIAS A mi amigo y compañero en la 51 Legislatura del Congreso del Estado, Profr. y Lic. Homero Ochoa Gutiérrez y a mi amiga Dora Alicia por todas sus atenciones en mi visita a Nuevo Laredo. Y un saludo cariñoso a la extensa parentela de los Treviño, los Rábagos, los Sáenz, los Salazar y demás apellidos que mezclados conforman ahora un gran número de familias cuyos integrantes sería imposible de nombrar. Pero gracias a todos porque juntos esperamos la noche del 31 de diciembre pasado, la llegada del 2013 que anhelamos de todo corazón y una vez más, que sea mejor que el año que finalizó. A usted estimado lector y lectora nuestros mejores deseos por su bienestar personal y familiar. Recuerden que lo pasado, simplemente ya es humo. Sólo tenemos el hoy, aquí y ahora.

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