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Jenni Rivera

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Por Eloy Garza González:

Las figuras de la cultura popular son para los adultos el equivalente a los superhéroes para los niños: fijan modelos de conducta y pautas de comportamiento personal. Lo explicaba en vena filosófica Aristóteles aludiendo al papel social que tenían los dioses y semidioses griegos en “Ética a Nicómaco”.

En los menores, los héroes de comic como Superman, Batman, Iron Man, cobran un sentido de fortaleza moral: les enseñan a encarar adversidades y reveses de la vida, dotándoles de seguridad en sí mismos. En los adultos, las figuras populares se convierten en modelos más complejos; suelen representar prejuicios arraigados en la gente: Pedro Infante y el macho sentimental; María Félix y la hembra devoradora de hombres; Cantinflas y la picardía del desposeído; Juan Manuel Márquez y el vengador contra los jueces corruptos del boxeo.

En Guadalajara, unos amigos me invitaron a las Fiestas de Octubre a conocer la encarnación del feminismos ranchero, en versión de banda y tambora: Jenni Rivera. Un profesional del mundo artístico que nos acompañó esa noche se quejó de ella: Jenni desafina, le falta mejorar su vocalización, no entona bien las notas bajas.

“Eso no importa”, le reclamé, si el pueblo –cualquier cosa que eso signifique— ya compró su figura simbólica: ha fijado un modelo de conducta en cierto sector femenino (no únicamente de clases bajas) y ha marcado pautas de comportamiento colectivo; estudiarla en clave ética sería vano: este tipo de fenómenos sociales no se abordan desde una perspectiva moral sino desde la óptica de la psicología social.

Y el personaje Jenni Rivera funcionó en esos términos: interpretó bien el resentimiento de las mujeres que sufren abusos de su pareja; integró el rechazo que ya despierta el maltrato femenino, convocó a desquitarse (aunque sea cantando) en contra del macho violador, se convirtió en la amazona heroica que pone en su lugar a su amante pendenciero. Un “call to action” que no pasaba nunca a los hechos: se extinguía con las últimas notas de cada concierto suyo y era más un desfogue de mujeres de parranda que un verdadero programa de emancipación. En el fondo, un simple juego musical en el que participaban todos los espectadores, mujeres y hombres por igual.

Psicología social puesta en acción: 15 mil personas ovacionando a la señora Rivera y sus canciones de autoafirmación femenina en la Arena Monterrey; 10 mil jaliscienses puestos de pie ante la supuesta supremacía femenina sin ninguna pretensión estética.

Cuando Jenni Rivera lloraba públicamente por su amante, y luego le mentaba la madre, manipulaba al público a su antojo y lo metía en una montaña rusa de emociones y sentimientos encontrados que formaban al instante la identidad del México norteño, ese espacio real y virtual donde viven la mayoría de los lectores de este artículo y quien escribe estas líneas.

Por eso y otras cosas más, merece que se le recuerde con admiración.

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