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Dos infieles de San Pedro

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Por Eloy Garza González:

Me lo confesó un vecino de San Pedro, tras la pérdida de su matrimonio de 23 años. Nunca supo si el inofensivo juego nació del fastidio que mina hasta los mejores matrimonios o de la audacia de caminar por la cuerda floja de la infidelidad. Nadie se burla de la suerte a menos que, quienes osan tentarla, fracasan.

Trabajaba en Value, por lo que se habituó a jugar al pronóstico y al azar, piezas frágiles de manejar. Pero le había perdido la afición a la bolsa y a sus fluctuaciones. Ya no le mareaban las caídas de bolsa ni el vértigo de los mercados. Buscaba emociones más fuertes, pero virtuales; aventuras líquidas pero inasibles. Saltos de la muerte, pero con red de protección.

Una tarde aburrida en Facebook y Twitter, dio un paso más allá y se metió a El Chat. Inventó un nickname tan trivial que atraía más por su burda obviedad que por los alcances de sus fines seductores: «Casanova Regio». Del otro lado de la web, alguien (aparentemente una mujer, pero nunca sabe uno con quién se topa en este entorno digital de la simulación y del pseudónimo) le dijo «hola» y le plasmó el típico emoticón de un beso. Él le contesto «hola» y las hormonas se cruzaron con las feromonas. O la fantasía se ligó a la imaginación. O lo falso copuló con la mentira.

La tarde siguiente regresó a El Chat ya con su nickname de batalla: «Casanova Regio». Continuó semanas. En sus tiempos muertos, cuando no asesoraba clientes, tornó su afición en obsesión. Una cosa lo llevó a la otra. Nuestro vecino de San Pedro desplegó un intercambio de alusiones a una vida ficticia que pretendió ser la suya, una biografía inventada, y un aderezo de gustos y deseos que en realidad nunca cultivó. Puro invento de cuentero: pero la presa cayó.

El cortejo virtual se deslizó por una espiral de erotismo sin riesgos; de manoseo de teclas a falta de piel real. El Internet le suplantó provisionalmente el sexo; le abrió el único Punto G auténtico que es la imaginación. Nuestro vecino de San Pedro y ese alguien se citaban regularmente en la tarde; cumplían el ritual de los amantes y compartían una curiosa intimidad entre desconocidos.

Avivado ya su instinto de seductor, nuestro vecino de San Pedro emprendió la siguiente fase: empujado por la casualidad (¿o la fortuna?) de vivir en la misma ciudad que ese alguien, la invitó a conocerse. No sintió remordimiento de engañar a su esposa: decía Casanova que lo prohibido es más fuerte que cualquier relación conyugal. Al menos produce más adrenalina. Segrega más oxitocinas. Despierta la glándula del amor.

Decidieron al fin verse una noche en el Silvanos de la Plaza 401; se envalentonaron a una cita romántica entre dos amantes que, irónicamente, no se conocían aún. Sería la mesa del rincón, junto a la ventana y a un lado del celular habría una rosa blanca, más en señal de hoja sin rayar que de pureza por mancillar. Luego quizá un motel. O la casa de ella.

No le afligió tanto el retraso de su amante virtual, como la llegada de ese alguien que lo ilusionó por meses. En realidad, la vergüenza fue mutua, aunque ninguno de los dos quiso luego repartirse las culpas: la mujer que entró al Silvanos reconoció en nuestro vecino de San Pedro a su marido y éste, a su vez, se topó con su esposa, ese alguien con quien se erotizó por meses en El Chat.

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