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Bautizo de fuego de Peña Nieto

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La violencia desatada este sábado en las inmediaciones del Palacio Legislativo de San Lázaro era de esperarse. Durante varios días previos a la toma de posesión de Enrique Peña Nieto, ya se había polemizado por la excesiva seguridad aplicada en la zona. Aunque muchos rechazaron el exceso, nadie se hizo responsable de su aplicación. Ese “nadie” seguramente sabía perfectamente de las manifestaciones que se realizarían durante el cambio oficial de poderes ante el Congreso. Tanto así, que pese al rechazo generalizado al blindaje, todas las instancias “fingieron demencia” y el blindaje no sólo se quedó, además se reforzó horas antes de la ceremonia del sábado.

Ya durante los hechos, el despliegue de manifestantes contra el ya Presidente de México, justificó ampliamente la que parecía una desmesurada prevención. Los hechos son de sobra conocidos; hubo de todo, desde bombas molotov hasta un camión usado como “caballo de Troya” contra las vallas. En tanto, el enfrentamiento se generalizó, con la inevitable dosis de víctimas. Además, y como ya parece una costumbre, hubo múltiples actos de robo y vandalismo contra comercios e instituciones en las cercanías.

En primera instancia, se comprende y justifica cualquier tipo de manifestación. Es nuestro derecho ciudadano, y si lo repudiamos en otros nos encadenamos nosotros mismos. Sí, la manifestación, la protesta, podrá no compartirse, pero debe defenderse como derecho. Pero lo que nadie puede ni debe aceptar es una manifestación que se lleva hasta el insulto y la confrontación física, y mucho menos cuando se desvía contra comercios e instituciones ajenas a la protesta.

Por eso es muy extraño que una manifestación eminentemente política, que se plantea con argumentos, de pronto se convierta en una literalmente explosiva confrontación. Además, una confrontación inútil, porque no tiene mayor trascendencia para la intención de los manifestantes, y sí los pone casi al margen de la ley, y los aleja de las simpatías que pudieran haber conseguido antes.

En otras palabras, el movimiento #YoSoy132, y quienes se le hayan sumado, parecen haber realizado un acto suicida deliberado, en donde ni siquiera alcanzarían la categoría de mártires políticos. En unas horas, retrocedieron meses en su muy lucha.

Si vemos esto fríamente, será muy difícil aceptar que los manifestantes reales buscaran ese descrédito. Si han mantenido una posición sólida en sus demandas durante meses, no es posible ni imaginar que sean tan tontos como para echarlo por la borda con actos que, saben perfectamente, todo mundo reprobaría.

Si lo ponemos en otra dimensión, si hubiera sido una manifestación pacífica y propositiva; si hubieran lanzado consignas y no bombas, con seguridad su descontento hubiera tenido eco mundial, ya que medios internacionales estuvieron atentos y presentes de la toma de posesión. Esto era lo deseable para ellos, y no el rechazo generalizado que ahora resienten.

Por eso es de lo más sorprendente esta violencia desatada. No se puede creer que la violencia haya sido ni planeada ni espontánea desde las filas de los jóvenes que durante meses han establecido un diálogo duro que, insistimos, podremos no compartir pero no podemos condenar.

El hecho es que el ahora presidente Enrique Peña Nieto recibió, en su primer día de gobierno, vivió un incidente que, a fin de cuentas, no lo dañó y sí desacreditó a quienes lo rechazan. La duda que nos queda es quién fue el verdadero “padrino” de este desafortunado “bautizo de fuego”.

ENFOQUE MONTERREY en Radio Beat, 90.1 FM
Lunes a Viernes a las 13 horas

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