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Fantasmas

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Oziel Salinas H.
Siempre que nos referimos a los fantasmas, hablamos de míticos seres que se aparecen en las noches envueltos en sábanas mortuorias con objeto de asustarnos.

Esa especie de embrujo cautivante se manifiesta también en pesadillas que inducen al arrepentimiento por maldades que el sujeto considera dignos de culpa.

El tema es complicado, propio para siquiatras, porque no sólo existía en tiempos pasados; aún se presentan en individuos; no conozco alguien que considere haberse librado de esa angustia que lo persigue y acosa (o acusa) sin cesar.

Aquí, el fantasma más conocido era “La Llorona”; mujer que se aparecía ensabanada y dolorosa, pugnando por sus hijos perdidos durante su azarosa vida; los fantasmas son gente que vivió una tragedia y desea aparecerse -después de muerta- en búsqueda de alivio a su pesar; una alma errante, que no descansa en esa mítica “otra vida”; alma en pena, dirían nuestros abuelos.

Estas míticas apariciones son producto del atraso cultural; pertenecen a nuestro pasado; ahora es difícil encontrar una persona que se sienta acosada por fantasmas; cuando hablamos de ellos, es porque presentimos que una acción, considerada como “mala”, nos persigue constantemente.

En mi niñez oíamos leyendas respecto a “La Llorona”, mujer que frecuentemente se aparecía – en época de la Colonia – en noches lóbregas, oscuras,  llenas de ese miedo que medra en quienes consideran haber pecado.

No hay que esperar a que el fantasma se aparezca; es la angustia la que acosa a quienes temen; ese duendecillo que acucia a su cerebro,  sin darle tregua.

¿Por qué rememorar aquello que está olvidado en el arcón de nuestros recuerdos?

¿Por qué no analizamos la obsolescencia de  míticos espíritus chocarreros?

Esos ya dejaron de existir; la cultura los descontinuó; tecnologías que ni soñábamos en nuestra infancia han dejado atrás ese tufillo de miedo que atacaba a nuestros abuelos.

Los fantasmas ya no aparecen, porque han sido desplazados de nuestra cultura

Nuestros nietos ni por asomo piensan en éstas cosas.

¿Se le aparecerán a Peña Nieto las almas errantes de sesenta mil muertos dejados por la hecatombe calderonista en su fallida lucha contra el crimen organizado cuando viva en Los Pinos? Creo que no. Veo a Calderón muy relajado éstos últimos días; quizá aparentemente, ya que el peso de ésta adversidad es probablemente insoportable y, para calmarse, trata de mostrarnos que no le afecta.

Hay sin embargo otros mitos. Veo en algunos ciudadanos -inficionados por la ideología metida a golpe de “periodicazos” y disque sesudos escritos de “intelectuales” y “politólogos”- que la llegada de Peña Nieto es “la vuelta al autoritarismo letal que nos atosigaba durante los gobiernos del PRI; represores que mataban estudiantes al tiempo que endrogaban al país, robándose todo” (¡SIC!)

Ese engaño; ese estigma; ese mito ha desaparecido para siempre; es un sueño guajiro sembrado por mentes sometidas a esquemas pseudo-socialistas, afortunadamente desaparecidas también.

No se trata de volver a “la otra vida del PRI”. El actual Partido es muy diferente; la ciudadanía está mejor informada; la alternancia  llegó para quedarse; los avances democráticos son indiscutibles; la gente no se deja llevar por líderes mesiánicos; ya no caemos en míticas ideologías; somos más despiertos; comprendemos mejor lo que significa democracia, o mentirosa alternativa.

Peña Nieto pertenece al modernismo del país y seguramente sus acciones de Gobierno rebasarán las expectativas despertadas durante su buena campaña.

Llegó mediante un proceso eminentemente democrático y limpio Si no lo creen, cuando menos dejen que sus actos como Jefe del Estado Mexicano, nos lo demuestren.

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