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La verdadera jauría

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En días pasados, ha trascendido mundialmente el presunto ataque de perros salvajes a por lo menos cuatro personas, en Iztapalapa. Aunque se ha puesto en duda el ataque, todo apunta a que, en efecto, un grupo de perros, a todas luces abandonados por sus dueños, se unieron como jauría y atacaron a cuatro personas.

Las imágenes divulgadas de los perros son muy interesantes. Se trata de una variedad perros mestizos que no son muy distintos de los que usted puede ver en cualquier calle. Esos que vuelcan los contenedores de basura en busca de comida, para disgusto de las madres de familia.

Pero, ¿qué sucedió con los perros de Iztapalapa? ¿Por qué se atrevieron a atacar y aparentemente semidevorar a cuatro personas? Se supone que el perro es “el mejor amigo del hombre”. Se supone que el perro es el mejor ejemplo de fidelidad. Se supone que el perro protege a sus dueños humanos y a sus bienes.

Todo esto es cierto, pero con una desventaja para los perros, porque los humanos en general no son los mejores amigos de los perros, ni les son fieles, y mucho menos se preocupan por protegerlos. De hecho, el principal depredador de los perros es el propio ser humano.

Pero los humanos olvidamos que un perro, antes de ser doméstico era un lobo. En situaciones extremas, el instinto toma la dirección de las acciones humanas. Con mayor razón sucede lo mismo en un perro puesto en una situación extrema. Tarde o temprano sale de su memoria genética su ancestro, el lobo.

En el caso concreto de la jauría de Iztapalapa, es obvio que los animales no tuvieron más remedio que refugiarse en sus instintos básicos. Sin dueños, sin atención, sin comida, se organizaron como jauría para defenderse, y alimentarse. Hicieron lo que hasta un humano haría.

Hay que aclarar que en la naturaleza no hay parámetros morales ni limitaciones éticas. Un perro doméstico parece tenerlos, pero es sólo aparente. Su comportamiento depende de la atención que le da su dueño.

El caso de estos perros en Iztapalapa no es diferente al de muchos en todo México, y más comúnmente el las zonas urbanas y sus inmediaciones. Los perros abandonados por sus dueños sobreviven a duras penas en la calle. Los que fueron sus dueños los lanzaron a un medio hostil, los forzaron a buscar por sus propios medios su alimento y su defensa. El problema de seguridad y de salud que representan no suele ser prioritario para la gente o para las autoridades, salvo en casos como este de Iztapalapa.

Lo malo es que se ve a los perros como amenazas y enemigos, cuando en realidad son víctimas, y además fueron los humanos los que los han forzado a regresar al salvajismo. Los parajes de Iztapalapa, aunque tengan algunas características rurales, para los perros no son tan diferentes a las calles de cualquier ciudad. Allá y en las ciudades, los perros abandonados son expuestos a la situación más extrema: la de sobrevivir.

Por fortuna, en este caso, no se optó por masacrar a la jauría, la solución más fácil, pero más cruel e irresponsable. Se cuidará a los perros y se ofrecerán en adopción. No puede hacer otra cosa el gobierno del Distrito Federal, porque sus propias leyes lo obligan. Ojalá que esta actitud sea ejemplo para otros estados, otros gobiernos y otras legislaciones. Porque si vemos las cosas desde el punto de vista de los perros, la jauría más salvaje, más cruel, más traicionera, somos precisamente los humanos.

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