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Inacabable frenesí

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Por Oziel Salinas:

El Presidente Calderón anda en alocada carrera contra el tiempo.

Antes, en tiempos del régimen priísta, ésta actitud era tomada por los “analistas políticos” como un intento de conservarse en el poder, una búsqueda por la  reelección.

Va de un lado a otro inaugurando obras pequeñas o medianas y en todas aprovecha para lanzar – al vacío, supongo –  palabras que enaltecen  a su administración, colocándola como jamás se había colocado alguna otra. Se ha transformado en cronista de su actuación pública.

Todo lo que parezca capaz  de ser “medible, o elogiable”, lo tamiza y lo saca a los medios con fruición desmedida. No para en su alocado frenesí de auto elogios.

Algunas cosas nos parecen cuentos; como cuando presenta a su Gobierno entre los primeros lugares en todo; el haber  efectuado obras en carreteras que rebasan a las ejecutadas por todos sus antecesores. Lo mismo, refiriéndose a presas,  puentes,  hospitales y todo lo que parezca “rentable” para enaltecer – con esmerado afán – su  Administración.

Todo acto público lo transforma – por medio de elaborado discurso – en nueva plus marca olímpica.

Anda recorriendo la República con ansia de moribundo que no se atreve a sucumbir, que se resiste y brega  en búsqueda del elogioso aplauso y el vigorizante reconocimiento.

En dos meses quiere traspasar el curso de la historia; trascender en el ocaso de su carrera política.

En el foro de la   ONU, con rudísimo discurso, regaña a las naciones del orbe por no atacar – como se debe  -el consumo letal de las drogas, de las armas; del lavado de dinero; algo que no hizo durante  su Gobierno y que la ONU se encargó – de inmediato –  en decirle que no era esa su tarea.

Y con énfasis, reclama a los EEUA su omisión, al no actuar con la fuerza debida, la venta indiscriminada de armas hacia nuestro país; afirmando: “armas que matan a los mexicanos”.

Un día pone medallas a militares o marinos destacados en su “guerra contra el crimen”, o

conmemora con gran boato un hecho histórico y se vuelca – en ominoso  afán –  por pasar a los anales históricos como ejemplo de buen gobierno. Nadie le escatima eso; soy de los primeros en reconocer que fue el suyo beneficioso; lástima que se haya entercado en algunas cosas.

El colmo fue cuando visitó la pasada semana su tierra, Michoacán, por tercera vez en menos de un mes; en dicha visita, organizó una réplica del desfile militar que había efectuado el 16 de Septiembre, con los mismos elementos de aquella vez, portando – de nuevo – la Banda presidencial para conmemorar el 247 Aniversario del Natalicio del prócer Morelos.

Siente que el tiempo se le acaba; habla y habla sin cesar en su inacabada despedida del poder.

Cercano a su final; no desperdicia hora del día para enfatizar su labor elogiosa, ejemplar, soberbia.

¿No sabe que elogio en bica propia es vituperio? ¿No entiende que todo lo que sublima empalaga?

Los mexicanos sabemos valorar a nuestros gobiernos sin necesidad de que nos lo recuerden a cada rato; Calderón ha tenido cosas buenas en su Administración, pero nos ha dejado de herencia muchos problemas; su guerra contra el crimen organizado dejará honda huella en nuestra memoria.

Fue, sin duda, su principal tarea sexenal; el saldo es negativo y será valorado con el tiempo.

Para su fortuna, lo sucederá Peña Nieto, una persona con buenas intenciones que no lo atacará, como sin duda lo haría AMLO; el próximo Presidente se dedicará a lo suyo, sin odios, sin venganzas, sin afán de perjudicar a nadie. Qué bueno que así sea, para bien de México.

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